lunes, febrero 13, 2006

DÉCIMO EVANGELIO

Sergio Badilla Castillo

(de "Poemas Transreales y Algunos Evangelios". 2005)

Padre, te deseo la quietud de las horas en el sueño indestructible,
aunque la muerte estremece el fundamento del origen y de la fábula.
Ha naufragado tu barco en la extensión del abismo más sombrío,
en las mareas borrascosas, en el movimiento glacial del océano Pacífico
en una niebla mañanera.
Cierro los párpados y al separar la densidad de las sombras te reconozco,
tal vez con inocencia entre las oxidadas omisiones de la fantasía,
únicamente estos verbos que enfriaron tu éxodo.
No encuentro espacio para el dolor, sólo remanente de la reverberación de un pasado que no cierra la tristeza.
Lejano ahora del rumor de la escena, del desaire y de la bienvenida a casa
después de un largo viaje a Brooklyng o al Golfo de Penas.
Qué vestigio de quijote silente, de tardía fama donde
la quietud atrapa y desfigura el esqueleto distanciado del aire salobre.
Estás cautivo en un domo y sin embargo duermes.
Olvido los afectos flemáticos y los veranos viajando en tren a la campiña deYungay o del Itata, hendiendo el amanecer con su cegado frío.
¿Cómo no exhumar de su encierro el capote marinero y la cabellera enfrentada a un ventarrón en un mar colérico en el Cabo de Hornos?
No obstante suelo percibir en sueño los latidos de tu pecho, tu sangre que discurre
reposada y cálida en mis oídos de impúber.
Te cuento padre, para concluir esta esquela, que esta madrugada he advertido la matriz del agua en el arrecife de magnos oleajes
donde no hay gaviotas, ni alcatraces y el tiempo detiene el curso de la vida en la oscura profundidad de un mar ignoto.